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Archive for 30 abril 2009

Supuesto retrato de Cervantes por Juan de Jáuregui

Supuesto retrato de Cervantes por Juan de Jáuregui

Si Shakespeare es para Bloom la cifra y el modelo a imitar, la vara de medir y en definitiva el centro del canon occidental, en el caso de la literatura en lengua castellana hay que constatar dos siglos dorados y en cada uno una estrella fulgurante: para el siglo XVII, Cervantes; y para el XX, Borges.

En el primero, la metrópoli imperial, con capital en el Madrid de Alatriste, era el centro de la galaxia literaria hispánica y alumbró el llamado Siglo de Oro español, período de una trascendencia difícil de igualar en todos los géneros literarios: teatro, poesía y novela. Es el tiempo en que las letras hispánicas se erigen en referentes de calidad para toda la cultura europea. Pensemos en el Lazarillo, en la “comedia nueva” de Lope, en Quevedo, en Góngora y Calderón, y por supuesto, en Cervantes y el Quijote.

Es la época de los viajes a Roma y a Nápoles, las batallas con los turcos por controlar el Mediterráneo, las luchas en Flandes, la rivalidad con Inglaterra y Francia, la salvaje conquista de América, la intolerancia religiosa y el misticismo, el arte de Ribera, Velázquez o Zurbarán…

En este período se gesta la leyenda negra, el denso imaginario que pervivirá en el norte de Europa durante siglos y que pinta a los españoles como fanáticos, crueles, tiránicos y codiciosos. Y a la vez se construye un imperio ultramarino que extiende la lengua española por todo el planeta. Época, al fin, de esplendor deslumbrante y sombras terribles, tan miserable como magnífica, con los claroscuros y las contradicciones vibrantes del arte barroco, centuria prodigiosa que se extiende de 1550 a 1650.

Y en ella Cervantes es el centro, el resumen y la superación genial de toda la literatura renacentista: porque domina y funde en el Quijote todos los géneros narrativos, porque explora y desarrolla elementos y fórmulas narrativas novedosas, porque crea un relato “saco” en que cabe de todo (comedia, fantasía, aventura, filosofía), porque crea ambientes y personajes inolvidables, porque divierte y alecciona a la vez, y además lo hace con símbolos y materiales extraordinarios en su simplicidad, en un tono menor, llano y a la vez preñado de una ironía finísima que todo lo atraviesa y a todo da un doble sentido.

Pero el metro de platino es doble: y si Cervantes ilumina hasta la mitad del siglo XVII, luego la llama se apaga y, la literatura en castellano sólo resurgirá con auténtico brío y originalidad tras la puesta a punto modernista, en la América de principios del siglo XX, primero con Rubén Darío y luego con Borges. Porque con este último se resumen y se superan definitivamente el romanticismo y el realismo decimonónicos.

Borges es un escritor total y su obra -como dijo él mismo refiriéndose a Quevedo- equivale a una literatura completa. En él se manifiestan tanto el ímpetu ilustrado dieciochesco, con su gusto por la cultura enciclopédica y el ensayo riguroso de estirpe racionalista, como la exaltación romántica y expresionista que no retrocede ante audacias verbales y sentimentales. Con él entra de nuevo el Oriente en la literatura castellana: el Bhagavad-Gita, las 1001 noches, Confucio y Lao Tse, la sombra del Buda y los últimos narradores japoneses. Nada escapa a su interés, desde los mitos precolombinos a los místicos sufíes o las sagas islandesas. En todo, Borges va un punto más allá que el resto: enlaza sin esfuerzo la tradición hispánica con la anglosajona, sumergiéndonos en un vasto repertorio de lecturas universales; desarrolla símbolos y tramas perfectas; y sobre todo, lleva al límite la precisión estilística en ensayos, relatos y poemas de innegable belleza.

Y así es, en América y en torno a Borges, donde y como surge la mejor literatura contemporánea en español, la que llega más viva y pujante hasta hoy, la que tiene más éxito mundial y se perfila como el canon más difundido en ventas de ejemplares, en escuelas y universidades, en la red y en los medios de comunicación en este principio del siglo XXI: García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende…

Porque de Borges han bebido todos: los escritores del “boom” latinoamericano y los nuevos narradores peninsulares, los que están en ciernes o en potencia y los consagrados. Todos reconocen su magisterio y siguen su estela, cada uno a su manera, eso sí. Su lectura resulta, pues, además de un reto, un descubrimiento continuo y un gran placer, una tarea ineludible.

 Referencias:

Miguel de Cervantes (1605-1615): El ingenioso hidalgo Don Qvixote de la Mancha. Juan de la Cuesta, Madrid.

Jorge Luis Borges (1989): Obras completas (3 vols). Emecé editores, Barcelona.

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Qué leer

biblioteca

Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica.

Jorge Luis Borges, Biblioteca personal.

Al hilo de la entrada anterior, quiero proponer una reflexión sobre las listas de clásicos. Borges aceptó al final de su vida prologar una colección de cien obras fundamentales que se iban a editar bajo su auspicio. Lamentablemente, el proyecto quedó inacabado porque no tuvo tiempo más que para escribir 64 de los textos que debían servir de  presentación.

No obstante, esa Biblioteca personal, luego publicada en forma de libro, hoy nos sirve para tener un claro reflejo de sus gustos literarios y de su particular  y apasionante viaje como lector a lo largo de la vida. Disculpando algunas arbitrariedades inevitables, ese somero catálogo que el lector curioso puede conocer a través de las referencias al pie, constituye una excelente prescripción de lecturas, bastante escorada por supuesto hacia Occidente y el mundo anglosajón, pero sin duda fácil de aceptar como una lista casi canónica de algunas de las mejores lecturas posibles en este período frenético de transición entre siglos y eras.

Si lo que buscamos al fin y al cabo son buenas guías de lectura, buenas selecciones de autores y libros, propongo empezar por esta lista exquisita -disculpemos sus omisiones recordando que es incompleta- y cotejarla con otras que nos dejan a menudo los buenos lectores, sean estos quienes sean: escritores, estudiosos, periodistas culturales o el “vulgo” mediante sus comentarios boca-oreja y sus compras del 23 de abril. Al final es él quien da el verdadero éxito a unos y lo niega a otros por motivos que no siempre son fáciles de entender.

Referencias:

Jorge Luis Borges (1988): Biblioteca personal. Alianza editorial, Madrid.

Hay una interesante iniciativa para “colgar” en la red los 64 libros recomendados por Borges en su Biblioteca personal. Se encuentra en Planeta Sedna.

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aleph

Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas.

Jorge Luis Borges

El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) es ya un clásico de la literatura mundial. Quizá es el que mayor reconocimiento internacional ha tenido de todos los autores en español del siglo XX. La crítica y el público lo aprecian. Aparece reivindicado por autores europeos, americanos y de otras latitudes y longitudes. Lo comenta Italo Calvino en su ensayo citado días atrás, lo selecciona Harold Bloom como pieza central de su parnaso particular y lo encontramos, por ejemplo, en casi todas las antologías generales del influyente mercado cultural norteamericano, como la Norton Anthology of Western Literature o la Longman Anthology of World Literature.

Borges, con sus poemas y sus relatos breves, como El aleph (1949) o El sur (1956) por citar algunos, alcanza una densidad significativa y una belleza sin discusiones. Es un maestro del verso, del cuento literario y de un género híbrido que cultivó como nadie: el ensayo o disquisición cultural en que liga historia, filosofía y crítica literaria con la pura invención y la magia verbal.

Por ello, las ideas de Borges sobre literatura son siempre valiosas. En “Sobre los clásicos”, ensayo incluido en Otras inquisiciones (1952), Borges nos habla de su concepto de clásico. Tomando como ejemplo el caso del I ching, un libro de filosofía y adivinación del que Confucio dijo que dedicaría cincuenta años a estudiarlo, nos dice:

Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían.

Así es: los clásicos nos vienen de la tradición y exigen un acto de fe previo. Sin embargo, esa determinación colectiva no es inmutable, cambia con el tiempo, lo que nos lleva a admitir su arbitrariedad al menos relativa. De esta manera podemos entender por qué cada pueblo o cultura tiene sus clásicos y por qué clásicos de otro tiempo han caído en el olvido, mientras que obras olvidadas han sido recuperadas definitivamente para la posteridad.

Pero más allá del miope nacionalismo cultural, según el cual el Fausto es esencial para los alemanes, el Paraíso perdido lo es para los ingleses, la Divina Comedia lo es para los italianos, y así ad infinitum, hay lugar para la renovación o sustitución del canon establecido, porque los criterios pueden modificarse y dependen en última instancia de dónde se pueda encontrar la gran literatura. Abrir el canon, he aquí buena parte del reto. Sigue Borges:

Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión para su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu. Además de las barreras lingüísticas, intervienen las políticas o geográficas.

En la letra de un tango, en una frase espigada al azar en el discurso de un niño, en un párrafo oculto en las columnas de un diario… La belleza literaria puede estar en cualquier parte y no hay un don magnífico o especial que se otorgue sólo a unos pocos elegidos para que revistan todo cuanto tocan o dicen de hermosura. Unos son más afortunados que otros en talento y arte, pero la maravilla de la literatura es infinita y reside básicamente en la propia mirada y en la propia sensibilidad para encontrarla. Como dice Borges:

La gloria de un poeta depende, en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba en la soledad de sus bibliotecas.

El lector en el centro. Saber leer. He ahí la clave auténtica. Saber encontrar el diamante en el barro o en el campo florido. Y a la vez tener conciencia del límite de lo que podemos conocer y la seguridad de que tantas cosas valen la pena y pueden ser geniales, pero nunca accederemos a ellas porque nuestra lengua, nuestra mente y nuestra biblioteca son finitas. Y además, tener conciencia de los propios prejuicios, porque a veces no leemos a ciertos autores o los ignoramos deliberadamente porque no nos caen bien, o porque no son de nuestra cuerda ideológica o porque la cultura en que se insertan  nos produce rechazo por motivos personales,  políticos o históricos. ¿Cómo leer en alemán después de haber sido torturado en Auschwitz? ¿Cómo leer al palestino Mahmud Darwish siendo israelí, aunque el poema sea tan revelador del conflicto entre ambos pueblos como Él está tranquilo? ¿Cómo valorar a Amos Oz siendo un huérfano de guerra en la Franja de Gaza? Sigue Borges:

Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre.

El amor es eterno mientras dura -dice un adagio popular. El clásico se mantiene entre los elegidos mientras goza de fama incontestable, mientras tiene ese prestigio tan peligroso que lo relega al estante más alto, mientras incita y a la vez retrae a los no iniciados. Y termina Borges con el resumen de su tesis:

Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.

Aquí Bloom y su criterio de la “supremacía estética” se van al traste. Porque ¿en qué criterios estrictos, explícitos y objetivables, estaría fundada esa “supremacía estética”? La pregunta es central. Exploremos esas “diversas razones” y tendremos los fundamentos del canon: el por qué una obra se convierte en un clásico y otra similar no.

Las razones, lo veremos despacio, son de diferente orden y en buena parte obedecen al azar histórico, a veces reversible en lo que a juicios literarios y galerías de elegidos se refiere. Pero está claro que, entre los motivos destacables, esa “devoción previa” de que habla Borges es esencial. Producto del prestigio escolar, académico o del tipo que sea, esa pátina de atractivo antiguo pero imperecedero, de objeto “con clase” y “de clase”, revestido de un aura misteriosa y elegante, es un requisito ineludible. Que no constituya una barrera infranqueable para las nuevas generaciones es nuestra tarea.

Referencias:

Jorge Luis Borges (1952): “Sobre los clásicos” en Otras inquisiciones. Incluido en Obras completas. Volumen II (1952-1972). Emecé editores, Barcelona, 1989. Página 151.

  • Se puede leer el texto completo en un documento pdf clicando en el enlace Sobre los clásicos.

Homenaje a Mahmud Darwish en Ramala, tribuna de Juan Goytisolo en El País (14-03-2011)

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Italo Calvino

Italo Calvino

Como prólogo a Por qué leer los clásicos, una colección de ensayos y artículos sobre los libros y autores que marcaron su vida, Italo Calvino intentó definir el concepto de clásico mediante una lista en que sumó la fineza de buen lector a su penetrante discernimiento.

En sucesivas entradas comentaremos también las ideas de Borges al respecto. Hoy nos limitamos a enunciar ese decálogo ampliado y a destacar un fragmento del apartado 9.

¿Qué es un clásico?

1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…».

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede considerarse corolario de ésta.

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

(1981)

El párrafo que quiero comentar expande la novena definición y alude a la función de la escuela. En él se muestra tajante: la escuela no puede prescindir de los clásicos, debe darlos a conocer “bien o mal” para que luego los estudiantes puedan elegirlos o rechazarlos. Los clásicos son necesarios, pero si no nos atraen, no hay que amargarse. Ya llegará (o no) el momento adecuado. La libertad de leer lo que nos gusta es mucho más esencial, y no podemos renunciar a ella. Dice así:

Naturalmente, esto sucede cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela.

El texto completo de ese prólogo revelador está accesible en varios sitios de Internet, por ejemplo en la página que le dedica Ediciones del Sur  de Córdoba (Argentina) al autor italiano: Por qué leer los clásicos.

Referencias:

Italo Calvino (1992): Por qué leer los clásicos. Traducción de Aurora Bernárdez. Tusquets, Barcelona. Páginas 13-20.

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Digámoslo desde ya, para aclarar opiniones y juicios posteriores que encontrará el lector en esta bitácora. Como explica José Antonio Millán (1992) a propósito del ensayo que Italo Calvino dedicó al tema, en la actualidad la lectura de los clásicos es objeto de dos planteamientos a menudo excluyentes: o son pura “materia de erudición” y por lo tanto las lecturas escolares deberían prescindir de ellos casi totalmente; o son materia tan interesante y fundamental que, justamente por su valor irremplazable, han de situarse en el centro mismo del sistema, irrigando el árbol de la cultura universal y constituyendo la base de la formación estética e intelectual de las nuevas generaciones.

Sin duda, caben opciones eclécticas e intermedias como las que proponen recientemente Carlos Sylveira (Los clásicos a su debido tiempo) y Pedro C. Cerrillo (Clásicos universales y clásicos juveniles: sobre el canon de lecturas en el Bachillerato), pero en el fondo el debate persiste y, con o sin dogmatismos, hay que decidir qué recomendar y cómo hacerlo.

En mi opinión, aunque no puede obviarse la enorme distancia lingüística, conceptual y cultural que media entre la mayoría de los lectores contemporáneos y ciertos clásicos, creo que vale la pena intentar leerlos. A pesar de las dificultades iniciales, a pesar de la necesidad de ciertos datos para entender el léxico de las obras, su ideología, su estructura o los contextos en que surgen, creo que justamente por su riqueza significativa vale la pena sumergirse de lleno en su mundo, y hacerlo a cualquier edad que seamos lectores competentes.

Quizá aquí está el problema de base que atenaza a muchos jóvenes y no tan jóvenes, porque la competencia lectora plena no se alcanza en muchos casos siquiera con la edad adulta. Pero si un adolescente puede y quiere, ¿por qué no invitarle a leer el Quijote por ejemplo? Eso sí, sin traumas ni requisitorias amenazantes, como pura obra de arte del lenguaje, como obra maestra de la ironía y el humor, para reírse primero y pensar un poco después. Aunque sea largo, aunque sea un tocho y requiera tiempo y esfuerzo.

En realidad, en el debate sobre los clásicos lo que creo que no se enfoca bien es su validez como lecturas recomendadas en escuelas e institutos, porque justamente esas lecturas, al menos así como a veces se plantean, casi a pelo, pueden no ser en absoluto adecuadas para lectores infantiles o adolescentes sin dominio suficiente del mecanismo lector. Y quien no lee primero por placer, no leerá después por obligación. Para estos lectores incipientes, lo primero es darles material que les guste y les aficione a la lectura. Cuando hayamos despertado su atención y hayamos hecho lo posible por mejorar su capacidad lectora (leyendo mucho en clase, por ejemplo), podrán alcanzar su competencia literaria como receptores y, por qué no, también como productores.

Por otro lado, las obras clásicas no necesitan abogados defensores, sólo requieren un hueco en los estantes, en los escaparates y en los planes de estudio. Luego ellas se defienden por sí mismas y se ganan los lectores a pulso, a base de su prestigio histórico, a base de lecturas y relecturas atentas y sensibles a lo largo de los siglos, y son capaces de sembrar de gratitud la mente de sucesivas generaciones por su sola capacidad de emocionar y hacer pensar.

Resumiendo, los clásicos se pueden y deben leer siempre y en todo lugar, con alguna ayuda o adaptación respetable si cabe, pero eso sí, siempre que apetezcan, libremente, con interés auténtico y con desnudez de prejuicios. Y mejor sin excesiva devoción, sin esperar demasiado de ellos, porque quizá la primera página no nos enganche. Y si no nos apetecen en una edad determinada, dejémoslos. Ya llegará el tiempo de entenderlos y disfrutarlos de verdad.

De momento, quitémosles los ropajes augustos, la tela recia que oculta su cuerpo esbelto y su ligera belleza, porque como en tantas cosas buenas, menos es más. Cuanto menos adornos y elogios, más sorpresa. Cuantas menos notas al margen -salvo las imprescindibles- más provecho. El estudio filológico vendrá después, si es que nos interesa. La lectura literaria es lectura por el placer del texto, únicamente. El texto lo justifica todo. Y si él sólo no puede arrastrarnos, de poco valen exégesis y apologías. No volveremos a él nunca.

Pero el día en que decidimos, por fin, que ha llegado el momento de hincar el diente a aquella obra tan prestigiosa pero siempre postergada que nos aguarda en la biblioteca, es generalmente inolvidable. Porque los clásicos nos sorprenden desde el principio y se sacuden solitos el polvo de la erudición acumulada con su sola fuerza comunicativa y artística, y nos hablan de nuevo como al primer lector, allá en la noche de los tiempos, con voz propia y personal, con una riqueza de matices insospechada y deslumbrante.

Quizá fuera éste también el momento de resumir qué es un clásico según Italo Calvino, pero lo dejo ya para la entrada siguiente.

Referencias:

Italo Calvino (1992): Por qué leer los clásicos. Traducción de Aurora Bernárdez. Tusquets, Barcelona.

José Antonio Millán (1992): Porque sí. Calvino y la necesidad de los clásicos. En JAM (Página personal de José Antonio Millán).

Carlos Silveyra (2008): Los clásicos a su debido tiempo (Artículos Sol). En la página del SOL (Servicio de Orientación Lectora).

Pedro César Cerrillo: Clásicos universales y clásicos juveniles: sobre el canon de lecturas en el Bachillerato. En el PLEC (Plan de Lectura para Centros docentes).

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Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Son muchos los textos que plantean con claridad e ingenio cuáles son las cuestiones básicas que se relacionan con el tema del canon literario, pero hoy quiero destacar este ensayo del escritor argentino Luis Gregorich. Se publicó en el número 60 (2006) de la revista digital Archivos del Sur que dirige desde Buenos Aires Araceli Otamendi.

Entre otros asuntos, el artículo de Luis Gregorich incide lateralmente en uno de los asuntos principales en discusión: el del canon nacional, en este caso el argentino. Cita a Borges como centro indiscutible del sistema y a un puñado de escritores contemporáneos -o del siglo XX al menos- que gravitan a su alrededor sin que podamos estar seguros de cuántos lo harán por más tiempo y cuántos caerán pronto en el olvido. El caso de Cortázar, indiscutible en los 80 y hoy puesto en duda, es un ejemplo llamativo.

El documento se puede leer completo a través de la revista Quaderns digitals de Valencia, todo un referente en el campo de la cultura, la educación y las nuevas tecnologías. Para acceder, pulse en el enlace: Acerca del canon, de Luis Gregorich.

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CouchSofá en Parque Nacional. Fuente: The Friedman Archives.

Podemos leer en Internet varios artículos sobre el canon bastante iluminadores. Entre ellos, hoy quiero destacar dos.

El primero, escrito por la profesora Nazaret Fernández Auzmendi, resume el estado de la cuestión con total acierto y lo publica la revista Per Abbat (2008) desde Extremadura. Lleva por título El canon literario: un debate abierto, lo que revela desde el inicio hasta qué punto el tema sigue generando agrias discusiones. Por cierto, la revista completa me parece muy recomendable para la actualización científica del profesorado de Lengua castellana y Literatura.

El segundo, bastante anterior, sigue siendo una referencia ineludible sobre el canon. Sirvió de presentación para el número 600 de la revista Ínsula (1996) y se debe a uno de los mejores especialistas en el asunto: el catedrático de la UM José Mª Pozuelo Yvancos. Constituye una excelente introducción al tema, reseña con claridad los planteamientos habituales y plantea los límites entre los que situar el problema. Además, lejos de estériles disputas, propone como salida un “pluralismo ilustrado” que analice el papel de las antologías y las historias de la literatura en la génesis y el ocaso de los sucesivos cánones que en el mundo han sido. Su título es Canon: ¿estética o pedagogía? y creo que vale la pena leerlo. Igual sucede con el resto del monográfico, titulado precisamente Un viaje de ida y vuelta. El canon.

Como vemos, en 1996 estaba en su apogeo la polémica desatada por el libro de Harold Bloom (1994): El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas. Pero de todo eso hablaré otro día.

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